Chritopher Lee (1922-2015) El mal más amado

Para quienes han admirado de una u otra manera los roles villanos en el cine, no pueden dejar de referirse a la leyenda que creó con su vampiro. Irónico que el conde inmortalizara al actor. Chritopher Lee, una leyenda del séptimo arte.

El vampiro, el investigador privado, el conde y el mago.

Por @mauvais1

Delgado, con el garbo de un caballero y la voz profunda, reverberante. Los ademanes son delicados, señoriales y con la afectación de quien por naturaleza lleva la elegancia. Los villanos en sus manos se transformaban, con el charme y la ironía británica. La sonrisa astuta, el Sir del reino y el amante del Heavy Metal.

Es irónico que uno recuerde tanto de alguien cuando sabe, muy a su pesar, que ya no volverá a verlo. Para quien el cine es una mágica odisea de la que jamás se cansa o se pierde, dejar atrás a uno de sus tripulantes no es cuestión menor, menos cuando el viejo y querido vampiro de Hammer Productions es el que ya no remará para nosotros. Y entonces, cuando alzamos las velas y miramos hacia atrás a esa figura que se pierde en el horizonte por demás desolador que puede ser el pasado, revisamos, revemos y sonreímos.

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Christipher nació en 1922, en la Inglaterra del Rey Jorge V, de una madre noble y un padre soldado, un niño de la alta sociedad, un pequeño con una vasta herencia plagada de leyendas. Sí, el mismo M. R. James rechazó su acceso a Eton y fue primo de Ian Fleming. Sí, participo de figurante en un Shakespeare dirigido por Laurence Olivier y allí trabo amistad con Peter Cushing; la cantidad de veces que interpretó a Drácula parece mundana. Pero fue allí donde el joven comenzó con la leyenda de su propio nombre.

The Battle of the River Plate en 1956, le dio su primer papel de importancia, lo que le valió su contrato con la productora Hammer. En The Curse of Frankenstein fue la criatura que Cushing daba vida, y vida daba él a ese compendio de criaturas de la noche, esos miserables que malditos vagaban por las pantallas de los cines. Ah, qué tiempos, pienso cuando recuerdo mis primeros sustos con The Mummy (1959), considerado su mejor papel, o ese Drácula (1958) sin sombras de piedad que devoraba taquillas.

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Los años no se detienen, no para quienes los devoran y el conde dio paso a otro clásico y otro. La filmografía es basta: Fu Manchú (The Face of Fu Manchu – 1965), Jekyll and Hyde (The Two Faces of Dr. Jekyll – 1960), The Wicker Man (The Wicker Man – 1973), Mycroft y Sherlock Holmes (Sherlock Holmes und das Halsband des Todes – 1962) y ese hombre de la pistola de oro (The Man with the Golden Gun – 1974), Rochefort y el olvido de un terror que ya no asustaba, de un encasillamiento que a su pesar soportaba.

Cuando parecía que el ocaso se hacía noche, en la plenitud de su ancianidad, regresa para deleite de sus fanáticos de la mano de Tim Burton y sus pequeños, extraños y nostálgicos personajes. Sleepy Hollow, Charlie and the Chocolate Factory. Criaturas hechas de pesar y nostalgias. El maestro supo recrearse al crear esos seres y dar vida nueva a esa carrera que desaparecía en lenta procesión.

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Y entonces…

Tuve por primera vez El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien en mis manos, no recuerdo bien por qué o cuándo, pero sí recuerdo como leí con ansias una aventura que lo abarcaba todo, que me cubría a mí. Tantas veces releí, tantas veces soñé con verlos y escucharlos. Y en 2001, Christopher Lee, la leyenda, el viejo y renacido, el Drácula de antaño, se elevó en la torre de Orthanc como el mago blanco.

Saruman El Blanco, para los que de LotR hacemos una pasión, fue y será ese anciano.

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Vendrán luego el Conde Dooku y M. Labisse, vendrán la voz en un juego, el rostro en una serie, un caméo, una despedida.

Sé que tal vez es algo desordenado y poco ajustado a una cronología, pero qué lo es cuando el recuerdo es el que más actúa. Podría simplemente copiar de la Wiki una extensa biografía, podría leer el Time o el Post, pero a la hora de hablar de él, prefiero buscar en la memoria de mis días en el cine, frente a la tele.  Homenajear a un grande desde uno. Despedir a un desconocido que nos acompañó tanto es extraño. Lamentar la muerte de un hombre que jamás vi puede parecer fingido, pero no, no lo es.

Buen viaje, parto hacia el día siguiente y guardo para usted Sir, mis mejores recuerdos de un cine de la infancia, de una fantasía aún viva.

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